Cuando sonó el teléfono, el hombre canoso le pregunto a la muchacha, con cierta deferencia, si por alguna razón quería que no atendiera. La muchacha le escucho como desde muy lejos y dio vuelta su cara hacia el, un ojo –el cercano a la luz- bien cerrado, el otro, muy abierto, aunque cínico, grande y tan azul que parecía casi violeta. El hombre canoso le pidió que se apurara, y ella se incorporo, apoyándose sobre su antebrazo derecho, con la rapidez necesaria para que el movimiento no pareciese despreocupado.
Se quito el pelo de la frente con la mano izquierda y dijo: “Por Dios. No se. Quiero decir ¿que te parece?” El hombre canoso dijo que no veía la maldita diferencia entre una cosa y otra, y deslizo la mano izquierda debajo del brazo en el que se apoyaba la muchacha, moviendo los dedos desde el codo hacia arriba hasta alcanzar la calida superficie de unión con el torso. Busco el teléfono con su mano derecha. Para no alcanzar a ciegas, tuvo que incorporarse un poco más, lo que provoco que atropellara la pantalla del velador con la parte posterior de la cabeza. En ese instante la luz favoreció su cabello gris, casi blanco, aclarándolo vivamente. Aunque desordenado en ese momento, evidenciaba un corte reciente o, más bien, un cuidado perfecto. Convencionalmente corto en la nuca y las sienes, pero un poco mas largo en los costados y arriba, con el toque justo, en efecto, para otorgarle un frívolo “aspecto distinguido”.
Textos y Consignas
Los textos que se reproducen a continuacion son extraidos aleatoriamente de las numerosas lecturas de estos años en los que transité la consistencia molecular de palabras y oportunidades.
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
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martes, 24 de mayo de 2011
martes, 4 de enero de 2011
John Cheever- Relatos- Tiempo de Divorcio
“Una noche, en casa de los Newsome, por motivos que nunca he entendido, intimamos con una pareja, el doctor Trencher y su esposa. Creo que la señora Trencher fue el elemento activo en la formación de esta amistad, y después de aquel encuentro telefoneó a Ethel tres o cuatro veces. Fuimos a cenar a su casa y ellos vinieron a la nuestra, y algunas veces, de noche, cuando el doctor sacaba a su vieja perra salchicha de paseo, subía a hacernos una breve visita. Parecía un hombre de trato agradable. He oído a otros médicos decir que es un buen profesional. Los Trencher rondan los treinta; por lo menos él, ella es mayor.
Yo diría que es una mujer fea, pero su fealdad es difícil de especificar. Es pequeña, tiene buen tipo y rasgos regulares, pero supongo que esa impresión de fealdad emana de cierta modestia interior, de una inmotivada falta de fe en sus posibilidades. Su marido no bebe ni fuma, e ignoro si eso tiene algo que ver, pero su rostro delgado posee una tez fresca; tiene las mejillas rosadas, y sus ojos azules son claros e intensos. Exhibe el singular optimismo de un medico muy experimentado; el sentimiento de que la muerte es una desdicha fortuita y de que el mundo físico no pasa de ser un territorio por conquistar. De la misma manera que su mujer parece fea, él da la impresión de ser joven.”
Yo diría que es una mujer fea, pero su fealdad es difícil de especificar. Es pequeña, tiene buen tipo y rasgos regulares, pero supongo que esa impresión de fealdad emana de cierta modestia interior, de una inmotivada falta de fe en sus posibilidades. Su marido no bebe ni fuma, e ignoro si eso tiene algo que ver, pero su rostro delgado posee una tez fresca; tiene las mejillas rosadas, y sus ojos azules son claros e intensos. Exhibe el singular optimismo de un medico muy experimentado; el sentimiento de que la muerte es una desdicha fortuita y de que el mundo físico no pasa de ser un territorio por conquistar. De la misma manera que su mujer parece fea, él da la impresión de ser joven.”
viernes, 31 de diciembre de 2010
Haroldo Conti- Cuentos Completos- Devociones
Dentro de un rato sonará, a las cinco en punto de la matina, ese puto despertador que el día que gane el Prode o asalte un banco reventaré contra la pared de una patada, como reventaré a tantas otras cosas, y me levantaré en puntas de pie para no despertar a Margarita que duerme a mi lado a patas sueltas hace dieciocho años, me vestiré en el baño y saldré mas o menos a las cinco y diez rumbo a la Primera de Saavedra chupando el primer cigarrillo de la mañana. La Primera de Saavedra es la fabrica de jaulas en la cual trabajo desde el día que mi padre decidió echarme a la calle de un puntapié. En todos estos años he hecho miles de jaulas, tantas que me sorprende que todavía ande por el aire algún pajarito suelto. Un día, esto pienso mientras las hago, construiré una bien grande, la, mas grande de todas, con unos gruesos barrotes de hierro y meteré ahí dentro a Margarita y su desgraciada madre, esto es, mi puta suegra y las sumergiré a las dos, luego de alimentarlas con alpiste envenenado, en el Riachuelo, nada de un arroyito limpio y rumoroso ni siquiera del Río de la Plata, que por ser el mas ancho del mundo con seguridad podría resumir tanta maldad, sino en el Riachuelo para que se chupen todo ese olor a podrido que viene de los mataderos y revienten en forma. Me alegro y me consuelo pensando en esto aunque sé que nunca lo haré porque soy un pobre infeliz. En lugar de eso sé que me levantaré en puntas de pie dentro de un rato y de que en puntas de pie recorreré el resto de mi vida.
lunes, 6 de diciembre de 2010
John Steimbeck- Viñas de Ira
- ¡Les digo que se esta muriendo! –Gritó el niño de pronto- ¡Les digo que se esta muriendo de hambre!
- Calla – dijo la madre. Ella miro al padre y a Tío John, que, de pie, contemplaban al enfermo sin saber que hacer. Miró a Rosa de Barón, acurrucada, envuelta en la frazada. Los ojos de la madre pasaron por los ojos de Rosa de Barón, volviendo a ellos otra vez. Las dos mujeres se miraron intensamente. La respiración de la muchacha se hizo entrecortada y breve.
- Si- dijo.
- Yo sabía que lo harías- le dijo la madre, sonriendo, y se miró las manos que estrujaba, cruzadas, sobre la falda.
- ¿Querrían... retirarse... todos?- dijo Rosa de Barón en un susurro.
La lluvia batía suavemente sobre el techo. La madre se inclino hacia adelante y con la palma de la mano, apartó los humedecidos cabellos de su hija y se los besó.
- Vamos ustedes- ordenó la madre, levantándose- Vengan afuera, al cobertizo de las herramientas.
Ruthie abrió la boca para hablar.
- Cállate- dijo la madre- Cállate y camina.
La condujo afuera, llevo el niño con ella y cerro la crujiente puerta.
Por un minuto, Rosa de Barón permaneció inmóvil en el silencioso establo. Luego levanto su cansado cuerpo y se envolvió con la frazada. Camino lentamente hacia el rincón y se quedo de pie, mirando el consumido rostro y los ojos enormes, despavoridos. Se acostó enseguida junto al hombre. El sacudió lentamente la cabeza de un lado para otro. Rosa de Barón aflojo una punta de la frazada y dejo un pecho al descubierto.
- Tiene que hacerlo- dijo. Se acerco más a él y le atrajo la cabeza. – Ahí- dijo- ¡Ahí!- Le paso la mano por detrás de la cabeza, sosteniéndosela. Sus dedos se movían suavemente sobre los cabellos del desconocido. Recorrió con la mirada el establo, de arriba a abajo, y sus labios se distendieron en una sonrisa misteriosa.
- Calla – dijo la madre. Ella miro al padre y a Tío John, que, de pie, contemplaban al enfermo sin saber que hacer. Miró a Rosa de Barón, acurrucada, envuelta en la frazada. Los ojos de la madre pasaron por los ojos de Rosa de Barón, volviendo a ellos otra vez. Las dos mujeres se miraron intensamente. La respiración de la muchacha se hizo entrecortada y breve.
- Si- dijo.
- Yo sabía que lo harías- le dijo la madre, sonriendo, y se miró las manos que estrujaba, cruzadas, sobre la falda.
- ¿Querrían... retirarse... todos?- dijo Rosa de Barón en un susurro.
La lluvia batía suavemente sobre el techo. La madre se inclino hacia adelante y con la palma de la mano, apartó los humedecidos cabellos de su hija y se los besó.
- Vamos ustedes- ordenó la madre, levantándose- Vengan afuera, al cobertizo de las herramientas.
Ruthie abrió la boca para hablar.
- Cállate- dijo la madre- Cállate y camina.
La condujo afuera, llevo el niño con ella y cerro la crujiente puerta.
Por un minuto, Rosa de Barón permaneció inmóvil en el silencioso establo. Luego levanto su cansado cuerpo y se envolvió con la frazada. Camino lentamente hacia el rincón y se quedo de pie, mirando el consumido rostro y los ojos enormes, despavoridos. Se acostó enseguida junto al hombre. El sacudió lentamente la cabeza de un lado para otro. Rosa de Barón aflojo una punta de la frazada y dejo un pecho al descubierto.
- Tiene que hacerlo- dijo. Se acerco más a él y le atrajo la cabeza. – Ahí- dijo- ¡Ahí!- Le paso la mano por detrás de la cabeza, sosteniéndosela. Sus dedos se movían suavemente sobre los cabellos del desconocido. Recorrió con la mirada el establo, de arriba a abajo, y sus labios se distendieron en una sonrisa misteriosa.
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