Textos y Consignas
Los textos que se reproducen a continuacion son extraidos aleatoriamente de las numerosas lecturas de estos años en los que transité la consistencia molecular de palabras y oportunidades.
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
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jueves, 29 de diciembre de 2011
Irving Welsh – Trainspotting
La mente de Renton estaba haciendo horas extras. Estupro, así lo llaman. Pueden llegar a encerrarte por esto. Ya lo creo que pueden, y luego tiran la llave. Te etiquetan como delincuente sexual; conseguiría que me partieran la cara a diario en Saughton. Delincuente sexual. Violador infantil. Pederasta. Corto de vista. Ya oía en aquel mismo instante a las galerías de psychos, cabrones, se paró a pensar, como Begbie: “Oí que la niña solo tenia seis años” “Me dijeron que fue violación” “Podría haber sido tu cría o la mía” Joder, pensó, temblando. El beicon que se estaba comiendo le daba asco. Había sido vegetariano durante años. No tenía nada que ver con la política o la moral; simplemente odiaba el sabor de la carne. No dijo nada sin embargo, tal era el deseo que tenia de quedar bien con los padres de Dianne. Donde fue inflexible fue con la salchicha, sin embargo, pues estimaba que aquellas cosas estaban llenas de veneno. Pensando en todo el jaco que se había metido, reflexiono burlonamente para si: Tienes que tener cuidado con lo que te metes en el cuerpo. Se preguntó si a Dianne le gustaría, y empezó a reírse disimulada pero incontroladamente, por los nervios, ante su espantoso doble sentido.
H.G. Wels- La Guerra de los Mundos
La llegada de los marcianos- 1 La víspera de la guerra
Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que los asuntos humanos fueran vigilados de forma tan atenta y detallada por inteligencias superiores a la del hombre y, sin embargo, tan mortales como la suya; que, mientras los hombres se atareaban en sus intereses, eran escrutados y estudiados quizás casi tan profundamente como un hombre con un microscopio puede analizar las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, los humanos van de un lado a otro por este globo, dedicados a sus pequeños negocios y serenos en la seguridad de su dominio sobre la materia. Es posible que los infusorios, vistos bajo el microscopio, hagan lo mismo. Nadie pensó nunca en los mundos más antiguos del espacio como en una fuente de peligro para el hombre o, en todo caso, para desechar como algo imposible o improbable la idea de la vida en ellos. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados. Como mucho, la gente de la Tierra especulaba sobre el hecho de que pudiera haber otros hombres en Marte, quizá inferiores a ellos y dispuestos a dar la bienvenida a una expedición misionera. Sin embargo, a través del abismo del espacio, unas mentes que en relación con las nuestras son como las nuestras en relación con las de las bestias perecederas, intelectos vastos, fríos e indiferentes, contemplaban esta Tierra con ojos envidiosos y, lentamente pero con seguridad, trazaban sus planes contra nosotros.
Y, a principios del siglo XX, llegó la gran desilusión.
Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que los asuntos humanos fueran vigilados de forma tan atenta y detallada por inteligencias superiores a la del hombre y, sin embargo, tan mortales como la suya; que, mientras los hombres se atareaban en sus intereses, eran escrutados y estudiados quizás casi tan profundamente como un hombre con un microscopio puede analizar las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, los humanos van de un lado a otro por este globo, dedicados a sus pequeños negocios y serenos en la seguridad de su dominio sobre la materia. Es posible que los infusorios, vistos bajo el microscopio, hagan lo mismo. Nadie pensó nunca en los mundos más antiguos del espacio como en una fuente de peligro para el hombre o, en todo caso, para desechar como algo imposible o improbable la idea de la vida en ellos. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados. Como mucho, la gente de la Tierra especulaba sobre el hecho de que pudiera haber otros hombres en Marte, quizá inferiores a ellos y dispuestos a dar la bienvenida a una expedición misionera. Sin embargo, a través del abismo del espacio, unas mentes que en relación con las nuestras son como las nuestras en relación con las de las bestias perecederas, intelectos vastos, fríos e indiferentes, contemplaban esta Tierra con ojos envidiosos y, lentamente pero con seguridad, trazaban sus planes contra nosotros.
Y, a principios del siglo XX, llegó la gran desilusión.
lunes, 22 de agosto de 2011
José Saramago- El hombre duplicado
Por casualidad o intención desconocida, alguien le ha dicho al director del instituto que Tertuliano Máximo Alfonso se encontraba en la sala de profesores, haciendo hora para el almuerzo según todas las apariencias, puesto que su única ocupación desde que entro había consistido en leer los periódicos. No releía ejercicios, no daba los últimos toques a un tema en preparación, no tomaba notas, solo leía los periódicos. Había comenzado sacando de la cartera la factura del alquiler de los treinta y seis videos, la puso abierta sobre la mesa y busco en el primer periódico la pagina de los espectáculos, sección cines. Haría después lo mismo con dos periódicos más. Aunque, como sabemos, su adicción al séptimo arte sea de fecha reciente y su ignorancia acerca de todas las cuestiones relacionadas con la industria de la imagen continúe prácticamente inalterable, sabia, imaginaba o intuía que las películas de estreno no serian lanzadas inmediatamente al mercado del video. Para llegar a esta conclusión no era necesario estar dotado de una portentosa inteligencia deductiva o de fantásticas vías de acceso al conocimiento que prescindiesen del raciocinio, se trata de una simple y obvia aplicación del mas trivial sentido común, sección mercado, subseccion venta y alquiler. Busco los cines de reestreno y, uno a uno, bolígrafo en mano, fue confrontando los títulos de los filmes que se exhibían con los que constaban en la factura, marcando esta con una crucecita cada vez que coincidían. Si a Tertuliano Máximo Alfonso le preguntásemos por que motivo lo estaba haciendo, si era su idea ir a esos cines para ver las películas que ya poseía en video, lo mas seguro seria que nos mirase sorprendido, estupefacto, tal vez ofendido por juzgarlo capaz de una acción tan absurda, aunque no nos daría una explicación aceptable, salvo esa que levanta murallas ante la curiosidad ajena y que en dos palabras se dice, Porque si.
viernes, 15 de julio de 2011
John Berger- Aquí nos vemos
El cementerio tenía amplios parterres de hierba y unos árboles muy altos. Un tordo brincaba meticuloso sobre la hierba recién segada. Preguntamos al jardinero, que era bosnio, donde estaba la tumba.
Por fin la encontramos en una esquina alejada. Una sencilla lapida y un rectángulo de gramilla sobre el que había un arbusto plantado en un cesto; era un arbusto frondoso, de hoja pequeña de un verde muy oscuro y con bayas. Debería haber sabido el nombre de la planta, pues Borges amaba la exactitud; cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar. Se paso toda la vida enzarzado en políticas escandalosas o equivocadas, pero nunca se dejo enzarzar en la página.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
La planta, según nos dijo el jardinero bosnio, era un tipo de boj, el buxus sempervivens. Tendría que haberlo reconocido. En los pueblos de la Alta Saboya se humedece en agua bendita una ramita de esta planta para salpicar con ella por última vez el cadáver del ser querido amortajado en la cama. Se convirtió en una planta sagrada debido a la escasez de otra. El domingo de Ramos nunca había suficientes hojas de sauce en la región, y los saboyanos empezaron a sustituirlas por ramas de este tipo de boj.
Había muerto, decía la lapida, el 14 de junio de 1986.
Nos quedamos los dos en silencio. Katya llevaba una mochila colgada al hombro y yo tenia el casco con los guantes dentro, entre las manos. Nos agachamos delante de la lapida.
Tenia tallado un bajorrelieve que representaba a unos hombres en lo que parecía una especie de embarcación medieval. ¿O estaban en tierra y era su disciplina militar lo que los hacia estar tan pegados, tan incondicionalmente juntos? Parecían figuras antiguas. Al otro lado de la lapida había mas guerreros, estos con unos remos o unas lanzas en la mano, confiados, preparados para cruzar el terreno o el agua que hubiera que cruzar.
Cuando Borges vino a morir a Ginebra, le acompañaba Maria Kodama. Había sido alumna suya en los años sesenta en sus cursos de anglosajón y literatura escandinava. Borges la doblaba en edad. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que el falleciera, se mudaron del hotel en el que estaban, en una de las calles-archivo llamada Rue de la Tour-Maitresse, a un piso que ella había buscado.
De usted, escribió el en una dedicatoria, es este libro, Maria Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esta sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las laminas?
Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro.
Por fin la encontramos en una esquina alejada. Una sencilla lapida y un rectángulo de gramilla sobre el que había un arbusto plantado en un cesto; era un arbusto frondoso, de hoja pequeña de un verde muy oscuro y con bayas. Debería haber sabido el nombre de la planta, pues Borges amaba la exactitud; cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar. Se paso toda la vida enzarzado en políticas escandalosas o equivocadas, pero nunca se dejo enzarzar en la página.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
La planta, según nos dijo el jardinero bosnio, era un tipo de boj, el buxus sempervivens. Tendría que haberlo reconocido. En los pueblos de la Alta Saboya se humedece en agua bendita una ramita de esta planta para salpicar con ella por última vez el cadáver del ser querido amortajado en la cama. Se convirtió en una planta sagrada debido a la escasez de otra. El domingo de Ramos nunca había suficientes hojas de sauce en la región, y los saboyanos empezaron a sustituirlas por ramas de este tipo de boj.
Había muerto, decía la lapida, el 14 de junio de 1986.
Nos quedamos los dos en silencio. Katya llevaba una mochila colgada al hombro y yo tenia el casco con los guantes dentro, entre las manos. Nos agachamos delante de la lapida.
Tenia tallado un bajorrelieve que representaba a unos hombres en lo que parecía una especie de embarcación medieval. ¿O estaban en tierra y era su disciplina militar lo que los hacia estar tan pegados, tan incondicionalmente juntos? Parecían figuras antiguas. Al otro lado de la lapida había mas guerreros, estos con unos remos o unas lanzas en la mano, confiados, preparados para cruzar el terreno o el agua que hubiera que cruzar.
Cuando Borges vino a morir a Ginebra, le acompañaba Maria Kodama. Había sido alumna suya en los años sesenta en sus cursos de anglosajón y literatura escandinava. Borges la doblaba en edad. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que el falleciera, se mudaron del hotel en el que estaban, en una de las calles-archivo llamada Rue de la Tour-Maitresse, a un piso que ella había buscado.
De usted, escribió el en una dedicatoria, es este libro, Maria Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esta sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las laminas?
Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro.
James Joyce- Retrato del artista adolescente
El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Sthepen miraba el sombrío cuadrado de la ventana, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!, esta era la voz del vientre.
Seria una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, mas cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aun del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y el pasaría tranquilamente por entre ellas esperando solo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y, sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por el deseo, tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un circulo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos...
Seria una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, mas cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aun del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y el pasaría tranquilamente por entre ellas esperando solo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y, sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por el deseo, tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un circulo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos...
lunes, 25 de abril de 2011
Antonio Di Benedetto- Zama
Alguien me dijo:
- ¿Quieres vivir?
Alguien me preguntaba si deseaba vivir.
Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. Era, también, que me había llegado el indio.
Podía, pues, no morir. No morir aun.
Me desgarro la ropa.
Después sentí la prisión del torniquete en los brazos y supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre.
Tal vez dormite, tal vez no.
Volvía de la nada.
Quise reconstruir el mundo.
Despegue los parpados tan pausadamente como si elaborara el alba.
El me contemplaba.
No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años.
Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre:
- No has crecido...
A su vez, con irreductible tristeza, el me dijo:
- Tu tampoco.
- ¿Quieres vivir?
Alguien me preguntaba si deseaba vivir.
Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. Era, también, que me había llegado el indio.
Podía, pues, no morir. No morir aun.
Me desgarro la ropa.
Después sentí la prisión del torniquete en los brazos y supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre.
Tal vez dormite, tal vez no.
Volvía de la nada.
Quise reconstruir el mundo.
Despegue los parpados tan pausadamente como si elaborara el alba.
El me contemplaba.
No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años.
Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre:
- No has crecido...
A su vez, con irreductible tristeza, el me dijo:
- Tu tampoco.
Samuel Beckett- Malone Muere
Bien pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El mes que viene, quizás. Será entonces abril o mayo. Porque el año apenas comienza, mil pequeños indicios me lo dicen. Quizás me equivoque y deje atrás San Juan, y hasta el 14 de julio, fiesta de la libertad. Que digo, tal como me conozco, soy capaz de llegar a la Transfiguración o a la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que tales festejos, este año, se llevaran a cabo sin mí. Tengo ese sentimiento, lo tengo desde hace algunos días, y confío en el. Pero, ¿en que difiere de aquellos que me alucinan desde que existo? No, esta clase de preguntas no me inquieta. Lo pintoresco no es para mí una necesidad. Moriría hoy mismo, si quisiera, con solo esforzarme un poco, si pudiera querer, si pudiera esforzarme. Pero es preferible dejarme morir, sin violentar las cosas. Algo ha de haber cambiado en ellas. No quiero ya pesar en la balanza, ni de un lado ni de otro. Seré neutro e inerte. Me será fácil. Solo importa cuidarme de los sobresaltos. Por lo demás, me sobresalto menos desde que estoy aquí. Sin duda, aun tengo de cuando en cuando movimientos de impaciencia. De ellos debo defenderme ahora, durante dos o tres semanas. Sin exagerar nada, desde luego, llorando y riendo tranquilamente, sin exaltarme. Si, por fin voy a ser natural. Al principio sufriré más; después menos, sin sacar por ello conclusiones. Me escuchare menos, no seré ya ni frío ni caliente, seré tibio, moriré tibio, sin entusiasmo. No me contemplare morir; eso falsearía todo. ¿Me he contemplado vivir, acaso? ¿Alguna vez, acaso, me he quejado? Entonces, ¿por que alegrarme ahora? Estoy contento, a la fuerza, pero no hasta el extremo de aplaudir. Siempre estuve contento, sabiendo que seria reembolsado. Y aquí esta, ahora, mi viejo deudor. ¿Es una razón, tal vez, para recibirlo con algaraza? Ya no responderé a las preguntas. Tratare también de no formulármelas. Podrán enterrarme. No me verán ya en la superficie. De aquí a entonces voy a contar mis cuentos, si puedo. No serán los mismos cuentos de antes, eso es todo.
Augusto Roa Bastos- Hijo de Hombre
Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte. Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo. Brotaba en cualquier parte, de alguna esquina, de algún corredor en sombras. A veces se recostaba contra un mojinete hasta no ser sino una mancha mas sobre la agrietada pared de adobe. El candelazo de la resolana lo despegaba de nuevo. Echaba a andar tanteando el camino con su bastón de tacuara, los ojos muertos, parchados por las telitas de las cataratas, los andrajos de ao-poi sobre el ya visible esqueleto, no más alto que un chico.
- ¡Gua, Macario!
Dejábamos dormir los trompos de arasa junto al hoyo y lo mirábamos pasar como si ese viejecito achicharrado, hijo de uno de los esclavos del dictador Francia, surgiera ante nosotros, cada vez, como una aparición del pasado.
Algunos lo seguían procurando alborotarlo. Pero el avanzaba lentamente sin oírlos, moviéndose sobre aquellas delgadas patas de benteveo.
- ¡Gua, Macario Pitogue!
Los mellizos Goiburu corrían tras el tirándole puñados de tierra que apagaban un instante la diminuta figura.
- ¡Bicho feo... feo... feo!
- ¡Karai tuya coli... guilili!...
Los chillidos y las burlas no lo tocaban. Tembleque y terroso se perdía entre los reverberos, a la sombra de los paraísos y las ovenias que bordeaban la acera.
- ¡Gua, Macario!
Dejábamos dormir los trompos de arasa junto al hoyo y lo mirábamos pasar como si ese viejecito achicharrado, hijo de uno de los esclavos del dictador Francia, surgiera ante nosotros, cada vez, como una aparición del pasado.
Algunos lo seguían procurando alborotarlo. Pero el avanzaba lentamente sin oírlos, moviéndose sobre aquellas delgadas patas de benteveo.
- ¡Gua, Macario Pitogue!
Los mellizos Goiburu corrían tras el tirándole puñados de tierra que apagaban un instante la diminuta figura.
- ¡Bicho feo... feo... feo!
- ¡Karai tuya coli... guilili!...
Los chillidos y las burlas no lo tocaban. Tembleque y terroso se perdía entre los reverberos, a la sombra de los paraísos y las ovenias que bordeaban la acera.
miércoles, 13 de abril de 2011
Leopoldo Marechal- El Banquete de Severo Arcangelo
Algunas veces –comenzó a decir Farias- he pensado que la concepción del Banquete monstruoso, tal como se dio en Severo Arcangelo, solo pudo cuajar en Buenos Aires. Porque Buenos Aires, en razón de su origen y de sus todavía frescos aluviones, no es una sola ciudad sino treinta ciudades adyacentes y distintas, cada una de las cuales aprieta su mazorca de hombres y destinos en interrogación. Solo un alma bruja como la de Severo Arcangelo pudo entresacar hombres y mujeres de tan diversos mundos, para unirlos en un collar armónico y sentarlos a la mesa de un Banquete que tanto se pareció a un aquelarre. Si gracias a usted la historia se publicase algún día, muchos entenderían por que una quinta de San Isidro quedo súbitamente abandonada, sin otro huésped que un suicida recostado aun en una fastuosa mesa de festín y dos clowns vivos y encadenados en las perreras de la casa; y sabrían asimismo por que, desde cierta noche critica, un numero de personas aparentemente no relacionadas entre si desaparecieron de la urbe sin dejar ningún rastro. Pero antes es útil que yo le diga brevemente quien soy y en que circunstancia me deje ganar por la empresa del Viejo Cíclope.
James Joyce- Ulises
Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacia flotar con gracia la bata amarilla desprendida, Levanto el tazón y entono: - “Introibo ad altare Dei” Se detuvo, miro de soslayo la oscura escalera de caracol y llamo groseramente: - Acércate, Kinch. Acércate, jesuita miedoso. Se adelanto con solemnidad y subió a la plataforma de tiro. Dio media vuelta y bendijo tres veces, gravemente, la torre, el campo circundante y las montañas que despertaban. Luego, advirtiendo a Esteban Dedalus, se inclino hacia el y trazo rápidas cruces en el aire, murmurando entre dientes y moviendo la cabeza. Esteban Dedalus, malhumorado y con sueño, apoyo sus brazos sobre el ultimo escalón y contemplo fríamente la gorgoteante y meneadora cara que lo bendecía, de proporciones equinas por el largo y la cabellera clara, sin tonsurar, parecida por su tinte y sus vetas al roble pálido. Buck Mulligan espió un instante por debajo del espejo y luego tapo la bacía con toda elegancia. - ¡De vuelta al cuartel! dijo severamente. Luego agrego con tono sacerdotal: - Porque esto, ¡oh amados míos!, es el verdadero Cristo: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, señores. Un momento. Hay cierta dificultad en esos corpúsculos blancos. Silencio, todos. Lanzo una mirada de reojo, emitió un suave y largo silbido de llamada y se detuvo un momento extasiado, mientras sus dientes blancos y parejos brillaban aquí y allá con puntos de oro. Chrysostomos. Atravesando la calma, respondieron dos silbidos fuertes y agudos. - Gracias, viejo –grito animadamente-. Ira bien eso. Corta la corriente, ¿quieres?
miércoles, 6 de abril de 2011
Joseph Conrad- El Corazón de las Tinieblas
1 El Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se escoro hacia el ancla sin una sola vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado, casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea. El estuario del Tamesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un interminable camino de agua. A lo lejos, el cielo y el mar se unían sin ninguna ruptura, y en el espacio luminoso, las velas curtidas de los navíos que subían con la marea, parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aun, parecía condensarse en una lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande y poderosa del universo. El director de la compañía era a la vez nuestro capitán y nuestro anfitrión. Nosotros cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en la proa, contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera ni la mitad de su aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la personificación de todo aquello en que puede confiar. Era difícil comprender que su trabajo no se encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino atrás, en la ciudad cubierta por la niebla. Existía entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo del mar. Además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de separación, tenia la fuerza de hacernos tolerantes ante las experiencias personales, y aun ante las convicciones de cada uno.
lunes, 10 de enero de 2011
José Saramago- Ensayo sobre la Ceguera
Teniendo en cuenta que los muertos pertenecían a una y otra sala, se reunieron los ocupantes de la primera y de la segunda con la finalidad de decidir si comían primero y enterraban a los cadáveres después, o lo contrario. Nadie parecía tener interés en saber quienes eran los muertos. Cinco de ellos se tuvieron en la sala segunda, no se sabe si ya se conocían de antes o, en caso de que no, si tuvieron tiempo y disposición para presentarse unos a otros e intercambiar quejas y desahogos. La mujer del medico no recordaba haberlos visto cuando llegaron. A los otros cuatro, si, a ésos los conocía, habían dormido con ella, por así decir, bajo el mismo techo, aunque de uno no supiera más que eso, y como podría saberlo, un hombre que se respeta no va a ponerse a hablar de asuntos íntimos a la primera persona que aparezca, decir que había estado en el cuarto de un hotel haciendo el amor con una chica de gafas oscuras, la cual, a su vez, si es de esta de quien se trata, ni se le pasa por la cabeza que estuvo y está tan cerca de quien la hizo ver todo blanco. Los otros muertos eran el taxista y los dos policías, tres hombres robustos, capaces de cuidar de si mismos, y cuyas profesiones consistían, aunque en distinto modo, de cuidar de los otros, y ahí están, segados cruelmente en la fuerza de la vida, esperando que les den destino. Van a tener que esperar a que estos que quedan acaben de comer, no por causa del acostumbrado egoísmo de los vivos, sino porque alguien recordó sensatamente que enterrar nueve cuerpos en aquel suelo duro y con un solo azadón era trabajo que duraría al menos hasta la hora de la cena. Y como no seria admisible que los voluntarios dotados de buenos sentimientos estuvieran trabajando mientras los otros se llenaban la barriga, se decidió dejar a los muertos para después.
Bram Stoker- Drácula
Tratare de transcribir lo mejor posible lo que ha dicho sobre la historia de su raza:
- Los szekelys tenemos derecho a sentirnos orgullosos, pues en nuestras venas corre la sangre de muchas razas valerosas que lucharon por el señorío como luchan los leones. Aquí, en este remolino de razas europeas, la tribu ugru trajo de Islandia el espíritu guerrero que le dieron Thor y Odin, y del que sus herserkers hicieron gala en las costas europeas y en las de Asia y África, con tal ferocidad, que los pueblos creyeron que era una invasión de hombres lobos. Cuando llegaron aquí, se encontraron con los hunos, cuya furia guerrera había asolado la tierra como un fuego viviente, lo que había hecho creer a sus agonizantes victimas que por sus venas corría la sangre de aquellas brujas que, expulsadas de Escitia, fueron a aparearse con los demonios del desierto. ¡Estupidos, estupidos! ¿Que demonio o que bruja ha sido jamás tan grande como Atila, cuya sangre aun corre por estas venas?
- Y alzó los brazos- ¿Es extraño que seamos una raza conquistadora, que seamos orgullosos, que cuando los magiares, los lombardos, los ávaros, los búlgaros o los turcos se lanzaron a millares sobre nuestras fronteras, les hiciéramos retroceder? ¿Es extraño que, cuando Arpad arrasó con sus legiones la patria de los húngaros, nos encontrara aquí al llegar a la frontera, y que diera por terminada la Honfoglalas en ese lugar? ¿Y que cuando la oleada de los húngaros se extendió hacia el Esta, los victoriosos magiares consideraran a los szekelys del mismo tronco, y nos confiaran la custodia de la frontera con Turquía durante siglos? Si, y mas aun, porque esta custodia no terminara jamás, pues, como dicen los turcos: “el agua duerme y el enemigo vigila”. ¿Quienes, de las Cuatro Naciones, recibieron con más alegría la “espada sangrienta” o acudieron antes a la llamada de la guerra para ponerse bajo el estandarte del rey? ¿Quien lavó esa gran afrenta de mi nación, la vergüenza de Casova, cuando las banderas de los valacos y los magiares sucumbieron ante el Creciente; quien, sino uno de mi propia raza, que cruzó el Danubio como voivoda y derrotó a los turcos en su propio suelo? Fue un Drácula, por supuesto. ¡La pena fue que cuando él cayó, su propio e indigno hermano vendió a su pueblo a los turcos, acarreándole la vergüenza y la esclavitud! ¿No fue este Drácula, en efecto, quien inspiró a ese otro de su estirpe que, en época posterior, cruzó repetidamente el gran río con sus fuerzas para marchar sobre Turquía, y que, cuando era rechazado, volvía una y otra vez, aunque regresara solo del ensangrentado campo donde habían sucumbido sus tropas, porque sabia que triunfaría al fin? Decían que solo pensaba en si mismo. ¡Ah! ¿De que sirven los campesinos sin un jefe que los mande? ¿En que acabaría la guerra, sin un cerebro y un corazón que la dirijan? Y cuando, después de la batalla de los mohacos, nos sacudimos el yugo húngaro, la sangre de los Drácula se encontraba entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no soporta la falta de libertad...
- Los szekelys tenemos derecho a sentirnos orgullosos, pues en nuestras venas corre la sangre de muchas razas valerosas que lucharon por el señorío como luchan los leones. Aquí, en este remolino de razas europeas, la tribu ugru trajo de Islandia el espíritu guerrero que le dieron Thor y Odin, y del que sus herserkers hicieron gala en las costas europeas y en las de Asia y África, con tal ferocidad, que los pueblos creyeron que era una invasión de hombres lobos. Cuando llegaron aquí, se encontraron con los hunos, cuya furia guerrera había asolado la tierra como un fuego viviente, lo que había hecho creer a sus agonizantes victimas que por sus venas corría la sangre de aquellas brujas que, expulsadas de Escitia, fueron a aparearse con los demonios del desierto. ¡Estupidos, estupidos! ¿Que demonio o que bruja ha sido jamás tan grande como Atila, cuya sangre aun corre por estas venas?
- Y alzó los brazos- ¿Es extraño que seamos una raza conquistadora, que seamos orgullosos, que cuando los magiares, los lombardos, los ávaros, los búlgaros o los turcos se lanzaron a millares sobre nuestras fronteras, les hiciéramos retroceder? ¿Es extraño que, cuando Arpad arrasó con sus legiones la patria de los húngaros, nos encontrara aquí al llegar a la frontera, y que diera por terminada la Honfoglalas en ese lugar? ¿Y que cuando la oleada de los húngaros se extendió hacia el Esta, los victoriosos magiares consideraran a los szekelys del mismo tronco, y nos confiaran la custodia de la frontera con Turquía durante siglos? Si, y mas aun, porque esta custodia no terminara jamás, pues, como dicen los turcos: “el agua duerme y el enemigo vigila”. ¿Quienes, de las Cuatro Naciones, recibieron con más alegría la “espada sangrienta” o acudieron antes a la llamada de la guerra para ponerse bajo el estandarte del rey? ¿Quien lavó esa gran afrenta de mi nación, la vergüenza de Casova, cuando las banderas de los valacos y los magiares sucumbieron ante el Creciente; quien, sino uno de mi propia raza, que cruzó el Danubio como voivoda y derrotó a los turcos en su propio suelo? Fue un Drácula, por supuesto. ¡La pena fue que cuando él cayó, su propio e indigno hermano vendió a su pueblo a los turcos, acarreándole la vergüenza y la esclavitud! ¿No fue este Drácula, en efecto, quien inspiró a ese otro de su estirpe que, en época posterior, cruzó repetidamente el gran río con sus fuerzas para marchar sobre Turquía, y que, cuando era rechazado, volvía una y otra vez, aunque regresara solo del ensangrentado campo donde habían sucumbido sus tropas, porque sabia que triunfaría al fin? Decían que solo pensaba en si mismo. ¡Ah! ¿De que sirven los campesinos sin un jefe que los mande? ¿En que acabaría la guerra, sin un cerebro y un corazón que la dirijan? Y cuando, después de la batalla de los mohacos, nos sacudimos el yugo húngaro, la sangre de los Drácula se encontraba entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no soporta la falta de libertad...
Isaac Bashevis Singer- Sombras sobre el Hudson
Los pensamientos se habían materializado en palabras y las palabras en hechos. Acababan de planear que emprenderían un viaje y ya estaban en camino. Tras la ventana se desplegaba un paisaje desolado: descolorido y macilento, nublado, sumido en un ensimismamiento tan antiguo como la propia creación del mundo. A Grein le pareció que hasta el cielo se asombraba: “¿De donde provengo? ¿Quien me ha extendido sobre la tierra como una tienda de campaña? ¿De donde ha salido todo lo demás: los árboles, los ríos, los bosques?” Las ramas, los cristales de las ventanas, los penachos de humo que subían de las chimeneas compartían el asombro de Grein. Durante unos momentos un pájaro intentó seguir el tren, pero pronto quedó atrás.
Grein respiro profundamente. Que maravilloso le resultaba todo: estar sentado en un tren en marcha, ver el cielo y tener a su lado a una persona del otro sexo, un misterio llamado Anna. El viaje le aclaraba el enigma del tiempo: se enrolla en si mismo como el pergamino de una “meguilá”. No, mas bien como el pergamino de los libros de la Torá, que vuelve a enrollarse apresuradamente en la fiesta de Simjat Torá cuando, acabados de leer los dos últimos capítulos del Deuteronomio, se empieza de nuevo por el Génesis. Los capítulos semanales pasan en un abrir y cerrar de ojos, los cinco libros se suceden con rapidez, aquí esta el Deuteronomio, llega Números, Levítico... todo se mueve, todo se va enrollando mientras todo permanece: cada palabra, cada carácter, cada floritura de la letra. Sin embargo, ¿que había escrito en ese rollo acerca de él, de Grein? “Hubo un hombre llamado Grein que abandonó a su esposa y a sus hijos, dejó sus negocios y se trasladó a Florida con la esposa de un amigo. En su desenfreno creyó que Dios no existía, que no había ley ni castigo, que todo era puro azar y caos. Y he aquí que sus días sobre la tierra ya estaban contados, y los clarividentes leyeron anticipadamente su epitafio y vieron su lapida y la hierba crecer sobre su tumba. En su ceguera, imaginó que su placer seria eterno”.
Grein respiro profundamente. Que maravilloso le resultaba todo: estar sentado en un tren en marcha, ver el cielo y tener a su lado a una persona del otro sexo, un misterio llamado Anna. El viaje le aclaraba el enigma del tiempo: se enrolla en si mismo como el pergamino de una “meguilá”. No, mas bien como el pergamino de los libros de la Torá, que vuelve a enrollarse apresuradamente en la fiesta de Simjat Torá cuando, acabados de leer los dos últimos capítulos del Deuteronomio, se empieza de nuevo por el Génesis. Los capítulos semanales pasan en un abrir y cerrar de ojos, los cinco libros se suceden con rapidez, aquí esta el Deuteronomio, llega Números, Levítico... todo se mueve, todo se va enrollando mientras todo permanece: cada palabra, cada carácter, cada floritura de la letra. Sin embargo, ¿que había escrito en ese rollo acerca de él, de Grein? “Hubo un hombre llamado Grein que abandonó a su esposa y a sus hijos, dejó sus negocios y se trasladó a Florida con la esposa de un amigo. En su desenfreno creyó que Dios no existía, que no había ley ni castigo, que todo era puro azar y caos. Y he aquí que sus días sobre la tierra ya estaban contados, y los clarividentes leyeron anticipadamente su epitafio y vieron su lapida y la hierba crecer sobre su tumba. En su ceguera, imaginó que su placer seria eterno”.
miércoles, 5 de enero de 2011
Vladimir Nabokov- Mashenka
Las gruesas y pesadas manecillas en el gran rostro blanco del reloj que sobresalía perpendicularmente del rotulo de la tienda de relojería, señalaban las seis y treinta y seis minutos. En el débil azul del cielo que aun no se había calentado después de la frialdad nocturna, solo una nubecilla se había tornado de color rosáceo, y la alargada y delgada forma de esta nubecilla tenia una gracia inefable. Los pasos de los desgraciados que a esta hora estaban despiertos y circulando sonaban con especial claridad en el aire desierto, y, a lo lejos, una luz con colorido de carne destellaba en los raíles de los tranvías. Una carretilla, cargada con enormes montones de violetas, medio cubiertos con un burdo paño a rayas, avanzaba lentamente junto a la acera, y la florista ayudaba al corpulento perro de pelo rojo a arrastrar el vehiculo. Con la lengua afuera, el perro avanzaba trabajosamente, poniendo a contribución todos y cada uno de sus nervudos músculos entregados al servicio del hombre.
De las negras ramas de algunos árboles, en las que comenzaban a brotar los botones verdes, surgió una bandada de gorriones que voló produciendo un sonido de múltiples aleteos y se poso en lo alto de un delgado muro de ladrillos.
Las tiendas todavía dormían tras sus rejas y las casas solamente estaban iluminadas en su parte alta, pese a lo cual era imposible imaginar que anochecía en vez de amanecer. Las sombras se proyectaban en direcciones contrarias a las usuales, formando combinaciones anormales para la vista de los que conocen las sombras nocturnas, pero no están acostumbrados a las de la aurora.
Todo parecía torcido, atenuado y metamorfoseado, como si estuviera reflejado en un espejo. Y cuando el sol ganó altura, y las sombras se dispersaron, colocándose en sus habituales lugares, la serena luz del mundo de los recuerdos en que Ganin había vivido devino lo que en realidad era, es decir, el pasado.
De las negras ramas de algunos árboles, en las que comenzaban a brotar los botones verdes, surgió una bandada de gorriones que voló produciendo un sonido de múltiples aleteos y se poso en lo alto de un delgado muro de ladrillos.
Las tiendas todavía dormían tras sus rejas y las casas solamente estaban iluminadas en su parte alta, pese a lo cual era imposible imaginar que anochecía en vez de amanecer. Las sombras se proyectaban en direcciones contrarias a las usuales, formando combinaciones anormales para la vista de los que conocen las sombras nocturnas, pero no están acostumbrados a las de la aurora.
Todo parecía torcido, atenuado y metamorfoseado, como si estuviera reflejado en un espejo. Y cuando el sol ganó altura, y las sombras se dispersaron, colocándose en sus habituales lugares, la serena luz del mundo de los recuerdos en que Ganin había vivido devino lo que en realidad era, es decir, el pasado.
Cesare Pavese- La Luna y Las Fogatas
Hay un motivo para que volviera a este pueblo, y no en cambio a Canelli, Barbaresco o Alba. Casi seguramente no nací aquí; no sé donde nací; en estos sitios no hay una casa ni un pedazo de tierra ni unos huesos de los que pueda decir “Esto era yo antes de nacer”. No sé si vengo de la colina o del valle, de los bosques o de una casa con balcones. La muchacha que me dejó en las escalinatas de la catedral de Alba quizás ni siquiera venia del campo, quizás fuera la hija de los dueños de una mansión, o bien me trajeron en un canasto de vendimia dos mujeres pobres de Monticello, de Neive, o por qué no de Caravanzana. ¿Quien puede decir de qué carne fui hecho? He andado bastante por el mundo como para saber que todas las carnes son buenas y equivalentes, aunque por eso uno se cansa y trata de echar raíces, unirse a la tierra y a la región, para que la propia carne valga algo y perdure un poco mas que un simple cambio de estación.
Por haber crecido en esta región, debo agradecerles a Virgilia, a Padrino, gente que ya no esta, aun cuando me hayan adoptado y criado solo porque el hospicio de Alessandria les pasaba una mensualidad. Hace cuarenta años, en estas colinas había infelices que para ver un escudo de plata se encargaban de un bastardo del hospicio, además de los hijos que ya tenían. Había quienes adoptaban una niña para disponer luego de una criada y gobernarla mejor; Virgilia me quiso porque ya tenía dos hijas, y cuando hubiera crecido un poco esperaban acomodarse en una gran finca, trabajar todos y tener un buen pasar. El Padrino entonces poseía la casita de Gaminella –dos habitaciones y un establo-, la cabra y la ribera de los avellanos. Yo estaba arriba con las chicas, nos robábamos la polenta, dormíamos sobre el mismo jergón. Angiolina, la mayor, tenia un año más que yo, y recién a los diez años, en el invierno que murió Virgilia, supe por casualidad que no era su hermano.
Por haber crecido en esta región, debo agradecerles a Virgilia, a Padrino, gente que ya no esta, aun cuando me hayan adoptado y criado solo porque el hospicio de Alessandria les pasaba una mensualidad. Hace cuarenta años, en estas colinas había infelices que para ver un escudo de plata se encargaban de un bastardo del hospicio, además de los hijos que ya tenían. Había quienes adoptaban una niña para disponer luego de una criada y gobernarla mejor; Virgilia me quiso porque ya tenía dos hijas, y cuando hubiera crecido un poco esperaban acomodarse en una gran finca, trabajar todos y tener un buen pasar. El Padrino entonces poseía la casita de Gaminella –dos habitaciones y un establo-, la cabra y la ribera de los avellanos. Yo estaba arriba con las chicas, nos robábamos la polenta, dormíamos sobre el mismo jergón. Angiolina, la mayor, tenia un año más que yo, y recién a los diez años, en el invierno que murió Virgilia, supe por casualidad que no era su hermano.
martes, 4 de enero de 2011
Paul Bowles- El Cielo Protector
“El teniente d· Armagnac consideraba que, en calidad de comandante del puesto militar de Bou Noura, llevaba allí una buena vida, aunque fuera algo monótona. Al principio la novedad había sido la casa; su familia le había mandado sus libros y sus muebles desde Burdeos, y había experimentado el placer de verlos en un entorno nuevo e inusitado. Después fueron los indígenas. El teniente era lo bastante listo como para insistir en darse el lujo de no despreciar a la población autóctona. Mantenía públicamente que los habitantes de Bou Noura constituían la parte accesible de una gran tribu misteriosa, de la que los franceses podían aprender mucho si se tomaban aquella molestia. Y, siendo como era un hombre educado, los demás soldados del puesto, a quienes les hubiera gustado ver a todos los indígenas recluidos detrás de las alambradas de púas y pudriéndose al sol (“... comme on a fait en Tripolitaine), no le habían retraído su generosidad descabellada, sino que se habían limitado a decir entre si que algún día el teniente recobraría su sano juicio y comprendería que aquella gente no era mas que una escoria inútil. El entusiasmo real del teniente por los indígenas había durado tres años. Su época de gran devoción por los árabes tocó a su fin más o menos cuando se canso de su media docena de amantes Ouled Nail No es que se volviera menos objetivo a la hora de juzgarlos, sino que de repente dejó de pensar en ellos completamente.”
jueves, 30 de diciembre de 2010
Arturo Pérez-Reverte- Corsarios de Levante
Lo que se puso interesante aquella tarde fue nuestro cuarto de la posada, cuando, disponiéndome a salir para dar un bureo antes de las avemarías, entro el capitán Alatriste con una hogaza de pan bajo un brazo y una damajuana de vino bajo el otro. Yo estaba acostumbrado a adivinarle el talante, que no los pensamientos; y en cuanto vi el modo en que arrojaba el sombrero sobre la cama y se desceñía la espada, comprendí que algo, y no grato, le alborotaba la venta.
-¿Sales?-pregunto al verme vestido de calle.
Yo iba, en efecto, muy galán: camisa soldadesca con cuello a la valona, almilla de terciopelo verde y jubón abierto de paño fino –comprado en la almoneda de ropa del alférez Muelas, muerto en Lampedusa-, greguescos, medias y zapatos con hebillas de plata. En el sombrero estrenaba toquilla de seda verde. Y respondí que si; que Jaime Correas me esperaba en una hostería de la vía Sperancella, aunque ahorré detalles sobre el resto de la singladura, que incluía un garito elegante de la calle Mardones, donde se jugaba fuerte a bueyes y brochas, y terminar la noche con un capón asado, una torta de guindas y algo de lo fino en casa de la Portuguesa, un lugar junto a la fuente de la Encoronada donde había música y se bailaba el canario y la pavana.
-¿Y esa bolsa? –pregunto al verme cerrar la mía y meterla en la faltriquera.
-Dinero –respondí, seco.
-¿Sales?-pregunto al verme vestido de calle.
Yo iba, en efecto, muy galán: camisa soldadesca con cuello a la valona, almilla de terciopelo verde y jubón abierto de paño fino –comprado en la almoneda de ropa del alférez Muelas, muerto en Lampedusa-, greguescos, medias y zapatos con hebillas de plata. En el sombrero estrenaba toquilla de seda verde. Y respondí que si; que Jaime Correas me esperaba en una hostería de la vía Sperancella, aunque ahorré detalles sobre el resto de la singladura, que incluía un garito elegante de la calle Mardones, donde se jugaba fuerte a bueyes y brochas, y terminar la noche con un capón asado, una torta de guindas y algo de lo fino en casa de la Portuguesa, un lugar junto a la fuente de la Encoronada donde había música y se bailaba el canario y la pavana.
-¿Y esa bolsa? –pregunto al verme cerrar la mía y meterla en la faltriquera.
-Dinero –respondí, seco.
Alexandr Soljenitsin- Archipiélago GULAG
“La única ley por la que se regían entonces los encarcelamientos era la de las cifras asignadas: “Manden doscientos...” Ellos acababan de hacer una limpieza y no sabían de donde sacar “mas”. De los distritos trajeron a medio centenar. ¡Idea! A los detenidos por la milicia por delitos comunes, transferidos al artículo 58. Dicho y hecho. Pero la cifra no se había alcanzado aun. Llamaron a la milicia: ¿Que hacemos? En una plaza de la ciudad los gitanos montaron descaradamente su campamento. ¡Idea! Los rodearon y a todos los varones entre los diecisiete y los sesenta los mandaron como si fueran del artículo 58. Y cumplieron el plan.
También ocurría así: a los chequistas de Osetia (lo cuenta Labolovski, jefe de milicias) les encomendaron fusilar en la Republica a 500 personas, ellos pidieron un aumento y les agregaron otros 230.
Este telegrama, ligeramente camuflado, fue transmitido por telégrafo corriente. En Temriuk la telegrafista, con toda candidez, transmitió a la centralita de la NKVD “que mañana envíen a Krasnodar 240 cajones de jabón”. ¡Al día siguiente se entero de los grandes arrestos y cayo en la cuenta! y dijo a una amiga que habían recibido tal telegrama. Fue detenida inmediatamente.
(Esta forma clave de llamar a las personas cajones de jabón, ¿era casualidad o conocían la tecnología del jabón...?)”
También ocurría así: a los chequistas de Osetia (lo cuenta Labolovski, jefe de milicias) les encomendaron fusilar en la Republica a 500 personas, ellos pidieron un aumento y les agregaron otros 230.
Este telegrama, ligeramente camuflado, fue transmitido por telégrafo corriente. En Temriuk la telegrafista, con toda candidez, transmitió a la centralita de la NKVD “que mañana envíen a Krasnodar 240 cajones de jabón”. ¡Al día siguiente se entero de los grandes arrestos y cayo en la cuenta! y dijo a una amiga que habían recibido tal telegrama. Fue detenida inmediatamente.
(Esta forma clave de llamar a las personas cajones de jabón, ¿era casualidad o conocían la tecnología del jabón...?)”
Gustavo Plis-Sterenberg- Monte Chingolo
La Retirada
Por el camino General Belgrano desde el norte, se acercaba una sección del Regimiento de Infantería I, que luego de superar las contenciones a su paso, acudía en apoyo de la unidad atacada.
El parte de combate del Regimiento “Patricios” menciona que a las 22.20 horas “en un avance por el Camino General Belgrano y a cincuenta metros de la entrada al Batallón Deposito de Arsenales 601, se observa una luz sobre la izquierda del camino; se adelanta el jefe del segundo grupo y un soldado para reconocer e informar sobre tal situación. Al acercarse comprueba que se encuentra en las inmediaciones un delincuente subversivo al que pone fuera de combate, hecho este que produce la reacción de otros tres delincuentes que abren fuego hiriendo al mencionado suboficial. De inmediato la Sección abre el fuego poniendo fuera de combate a los tres delincuentes que se encontraban en ese lugar”.
El oficial jefe de la sección reten del RI 1, teniente Rubén Chenlo, había enviado al jefe del segundo grupo de la unidad, cabo primero Néstor Rodríguez, para efectuar el reconocimiento. El suboficial resulto herido en el hombro derecho por la explosión de una granada.
Los guerrilleros, pertenecientes a uno de los grupos de hostigamiento, habrían sido puestos “fuera de combate” y no “abatidos, aniquilados o eliminados” como en la jerga militar habitualmente se interpreta la muerte del oponente. Por lo tanto, es probable que los insurgentes (alguno de ellos, heridos) hayan conseguido replegarse al interior de la villa.
“Yo vi como chicos y chicas hermosas se hacían transfusiones de sangre en el medio de la calle. Tenían veinte años como mucho. Y gritaban llenos de dolor. Les dije que tenían que escapar ladeando el arroyo Las Piedras hasta Cadorna”, afirmó Rubén Caruso, vecino del barrio.
Por el camino General Belgrano desde el norte, se acercaba una sección del Regimiento de Infantería I, que luego de superar las contenciones a su paso, acudía en apoyo de la unidad atacada.
El parte de combate del Regimiento “Patricios” menciona que a las 22.20 horas “en un avance por el Camino General Belgrano y a cincuenta metros de la entrada al Batallón Deposito de Arsenales 601, se observa una luz sobre la izquierda del camino; se adelanta el jefe del segundo grupo y un soldado para reconocer e informar sobre tal situación. Al acercarse comprueba que se encuentra en las inmediaciones un delincuente subversivo al que pone fuera de combate, hecho este que produce la reacción de otros tres delincuentes que abren fuego hiriendo al mencionado suboficial. De inmediato la Sección abre el fuego poniendo fuera de combate a los tres delincuentes que se encontraban en ese lugar”.
El oficial jefe de la sección reten del RI 1, teniente Rubén Chenlo, había enviado al jefe del segundo grupo de la unidad, cabo primero Néstor Rodríguez, para efectuar el reconocimiento. El suboficial resulto herido en el hombro derecho por la explosión de una granada.
Los guerrilleros, pertenecientes a uno de los grupos de hostigamiento, habrían sido puestos “fuera de combate” y no “abatidos, aniquilados o eliminados” como en la jerga militar habitualmente se interpreta la muerte del oponente. Por lo tanto, es probable que los insurgentes (alguno de ellos, heridos) hayan conseguido replegarse al interior de la villa.
“Yo vi como chicos y chicas hermosas se hacían transfusiones de sangre en el medio de la calle. Tenían veinte años como mucho. Y gritaban llenos de dolor. Les dije que tenían que escapar ladeando el arroyo Las Piedras hasta Cadorna”, afirmó Rubén Caruso, vecino del barrio.
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