Cuando aborrezco a la gente, a los hombres,
cuando me inunda el odio y me empapa la
lengua,
salgo a buscarte por las anchas calles,
para hundirme en tu pecho, como en un
hondo río, y consolarme.
(Pero tu no estas en ninguna parte.)
Seria perfecta la vida si eso sucediera,
si lo que se sueña tuviera realidad
igual al odio, la muerte o el olvido.
Pero no; tu andas en otro mundo
que nada puede compartir con el mío,
que esta lleno de palabras, de un sol hermoso
que se pudre en el campo.
Inútil. Tendrías que entender la soledad,
el agua horrible que me quema las flores
que brotan alrededor de mi cuello,
si estoy alegre. Oír mi voz, oírla,
cuando sale quieta, a buscar la noche,
desprevenida,
deshecha de amor triste, incomprensible,
perdida.
No; no podrías nunca abandonar tu cielo,
el aire saturado de los que sueñan
junto a la gente,
para ver mi mejilla apoyada en la tierra,
desesperando la aurora.
Textos y Consignas
Los textos que se reproducen a continuacion son extraidos aleatoriamente de las numerosas lecturas de estos años en los que transité la consistencia molecular de palabras y oportunidades.
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...
martes, 26 de julio de 2011
viernes, 15 de julio de 2011
Clarice Lispector- Revelación de un mundo
¿Intelectual? No
Otra cosa que no parecen comprender los otros es cuando dicen que soy una intelectual y yo digo que no lo soy. De nuevo, no se trata de modestia y si de una realidad que ni de lejos me hiere. Ser intelectual es usar sobre todo la inteligencia, lo que no hago: lo que uso es la intuición, el instinto. Ser intelectual es también tener cultura, y yo soy tan mala lectora que, ahora ya sin pudor, digo que no tengo realmente cultura. Ni siquiera leí las obras importantes de la humanidad. Además de leer poco: solo leí mucho, y leía ávidamente lo que me cayera en las manos, entre los trece y los quince años de edad. Después pase a leer esporádicamente, sin orientación de nadie. Esto es para no confesar –y esto lo digo con algo de vergüenza- que durante años solo leía novelas policiales. Hoy en día, a pesar de tener muchas veces pereza para escribir, llego de vez en cuando a tener mas pereza para leer que para escribir. Literata tampoco soy porque no hice del hecho de escribir libros “una profesión” ni “una carrera”. Los escribí recién cuando espontáneamente me surgieron y solo cuando realmente quise.
¿Soy una aficionada?¿Que soy entonces? Soy una persona que tiene un corazón que a veces se da cuenta, soy una persona que quiso poner en palabras un mundo ininteligible y un mundo impalpable. Sobre todo una persona cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal.
Otra cosa que no parecen comprender los otros es cuando dicen que soy una intelectual y yo digo que no lo soy. De nuevo, no se trata de modestia y si de una realidad que ni de lejos me hiere. Ser intelectual es usar sobre todo la inteligencia, lo que no hago: lo que uso es la intuición, el instinto. Ser intelectual es también tener cultura, y yo soy tan mala lectora que, ahora ya sin pudor, digo que no tengo realmente cultura. Ni siquiera leí las obras importantes de la humanidad. Además de leer poco: solo leí mucho, y leía ávidamente lo que me cayera en las manos, entre los trece y los quince años de edad. Después pase a leer esporádicamente, sin orientación de nadie. Esto es para no confesar –y esto lo digo con algo de vergüenza- que durante años solo leía novelas policiales. Hoy en día, a pesar de tener muchas veces pereza para escribir, llego de vez en cuando a tener mas pereza para leer que para escribir. Literata tampoco soy porque no hice del hecho de escribir libros “una profesión” ni “una carrera”. Los escribí recién cuando espontáneamente me surgieron y solo cuando realmente quise.
¿Soy una aficionada?¿Que soy entonces? Soy una persona que tiene un corazón que a veces se da cuenta, soy una persona que quiso poner en palabras un mundo ininteligible y un mundo impalpable. Sobre todo una persona cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal.
John Berger- Aquí nos vemos
El cementerio tenía amplios parterres de hierba y unos árboles muy altos. Un tordo brincaba meticuloso sobre la hierba recién segada. Preguntamos al jardinero, que era bosnio, donde estaba la tumba.
Por fin la encontramos en una esquina alejada. Una sencilla lapida y un rectángulo de gramilla sobre el que había un arbusto plantado en un cesto; era un arbusto frondoso, de hoja pequeña de un verde muy oscuro y con bayas. Debería haber sabido el nombre de la planta, pues Borges amaba la exactitud; cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar. Se paso toda la vida enzarzado en políticas escandalosas o equivocadas, pero nunca se dejo enzarzar en la página.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
La planta, según nos dijo el jardinero bosnio, era un tipo de boj, el buxus sempervivens. Tendría que haberlo reconocido. En los pueblos de la Alta Saboya se humedece en agua bendita una ramita de esta planta para salpicar con ella por última vez el cadáver del ser querido amortajado en la cama. Se convirtió en una planta sagrada debido a la escasez de otra. El domingo de Ramos nunca había suficientes hojas de sauce en la región, y los saboyanos empezaron a sustituirlas por ramas de este tipo de boj.
Había muerto, decía la lapida, el 14 de junio de 1986.
Nos quedamos los dos en silencio. Katya llevaba una mochila colgada al hombro y yo tenia el casco con los guantes dentro, entre las manos. Nos agachamos delante de la lapida.
Tenia tallado un bajorrelieve que representaba a unos hombres en lo que parecía una especie de embarcación medieval. ¿O estaban en tierra y era su disciplina militar lo que los hacia estar tan pegados, tan incondicionalmente juntos? Parecían figuras antiguas. Al otro lado de la lapida había mas guerreros, estos con unos remos o unas lanzas en la mano, confiados, preparados para cruzar el terreno o el agua que hubiera que cruzar.
Cuando Borges vino a morir a Ginebra, le acompañaba Maria Kodama. Había sido alumna suya en los años sesenta en sus cursos de anglosajón y literatura escandinava. Borges la doblaba en edad. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que el falleciera, se mudaron del hotel en el que estaban, en una de las calles-archivo llamada Rue de la Tour-Maitresse, a un piso que ella había buscado.
De usted, escribió el en una dedicatoria, es este libro, Maria Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esta sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las laminas?
Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro.
Por fin la encontramos en una esquina alejada. Una sencilla lapida y un rectángulo de gramilla sobre el que había un arbusto plantado en un cesto; era un arbusto frondoso, de hoja pequeña de un verde muy oscuro y con bayas. Debería haber sabido el nombre de la planta, pues Borges amaba la exactitud; cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar. Se paso toda la vida enzarzado en políticas escandalosas o equivocadas, pero nunca se dejo enzarzar en la página.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
La planta, según nos dijo el jardinero bosnio, era un tipo de boj, el buxus sempervivens. Tendría que haberlo reconocido. En los pueblos de la Alta Saboya se humedece en agua bendita una ramita de esta planta para salpicar con ella por última vez el cadáver del ser querido amortajado en la cama. Se convirtió en una planta sagrada debido a la escasez de otra. El domingo de Ramos nunca había suficientes hojas de sauce en la región, y los saboyanos empezaron a sustituirlas por ramas de este tipo de boj.
Había muerto, decía la lapida, el 14 de junio de 1986.
Nos quedamos los dos en silencio. Katya llevaba una mochila colgada al hombro y yo tenia el casco con los guantes dentro, entre las manos. Nos agachamos delante de la lapida.
Tenia tallado un bajorrelieve que representaba a unos hombres en lo que parecía una especie de embarcación medieval. ¿O estaban en tierra y era su disciplina militar lo que los hacia estar tan pegados, tan incondicionalmente juntos? Parecían figuras antiguas. Al otro lado de la lapida había mas guerreros, estos con unos remos o unas lanzas en la mano, confiados, preparados para cruzar el terreno o el agua que hubiera que cruzar.
Cuando Borges vino a morir a Ginebra, le acompañaba Maria Kodama. Había sido alumna suya en los años sesenta en sus cursos de anglosajón y literatura escandinava. Borges la doblaba en edad. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que el falleciera, se mudaron del hotel en el que estaban, en una de las calles-archivo llamada Rue de la Tour-Maitresse, a un piso que ella había buscado.
De usted, escribió el en una dedicatoria, es este libro, Maria Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esta sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las laminas?
Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro.
James Joyce- Retrato del artista adolescente
El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Sthepen miraba el sombrío cuadrado de la ventana, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!, esta era la voz del vientre.
Seria una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, mas cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aun del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y el pasaría tranquilamente por entre ellas esperando solo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y, sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por el deseo, tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un circulo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos...
Seria una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, mas cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aun del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y el pasaría tranquilamente por entre ellas esperando solo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y, sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por el deseo, tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un circulo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos...
miércoles, 22 de junio de 2011
Cesar Aira- Las Conversaciones
La culpa era mía. Yo me lo había buscado, al lanzarme a una larga perorata de sutilezas y filosofías, en lugar de limitarme a lo básico, y dejar ver. Lo había hecho por infatuación intelectual, por el gusto de oírme hablar; era inevitable que terminara complicando lo simple y oscureciendo lo claro. Si ahora se demostraba, como parecía inminente, que lo obvio quedaba sin ver, yo quedaba colgado de un abismo, con todo mi palabrerio a cuestas. En el fondo daba lo mismo que la explicación hubiera sido larga o corta, salvo que con la larga yo había creado una expectativa mayor y me exponía a una decepción mas grave; si el no comprendía la diferencia entre el actor y el personaje de una película, era un imbecil. Y si lo era, yo no tenia mas remedio que perderle el respeto intelectual, y, mucho peor, nuestras conversaciones se extinguían en lo que tenia de bueno y gratificante para mi. No solo las perdía a futuro, pues necesariamente se me iban a ir las ganas de plantear temas interesantes o compartir reflexiones inteligentes con un necio de semejante calibre, sino que perdía retrospectivamente las conversaciones que habíamos tenido a lo largo de los años, y que constituían una parte tan central de mi vida. La revelación devaluaba el pasado, volvía ficticia toda su riqueza, y abría un agujero imposible de llenar. ¿Como llenar desde el presente un agujero del pasado?
Luís Gregorich- Literatura y Homosexualidad- Sartre y el papel del intelectual
¿Que es un intelectual? Para algunos, su función es eminentemente conservadora y aristocrática. Conserva, a lo largo del tiempo, la continuidad de una tradición y un legado espiritual que de otro modo corren el riesgo de perderse; y lo hace desde el seno de una selectisima minoría, para quien el vulgo no cuenta. No son los clérigos medievales los que encarnan esta concepción; también lo hace Goethe, genio universal y a la vez detestable cortesano, ya en pleno siglo XIX y en el pórtico de la Revolución Industrial, al decir pocos meses antes de su muerte: “Tal como va hoy el mundo, uno tiene que decirse siempre y repetirse sin cesar: ha habido y habrá hombres excelentes, y a esto hay que dirigirles una buena palabra, decirla y dejarla escrita sobre papel. Esta es la Comunión de los Santos que nosotros profesamos”
Ya en uno de sus poemas había expresado: “La verdad fue hallada hace mucho tiempo / y siempre ha unido a los espíritus nobles. / La vieja verdad: ¡aferrate a ella!”
Otra versión del intelectual, que también reconoce respetables antecedentes –basta pensar en Abelardo, Montaigne, Swift, Voltaire, Diderot-, reivindica, en cambio, una función de fermento e impugnación. No hay tal vieja verdad que deba ser custodiada al abrigo de la avidez plebeya, sino un mundo problemático e injusto que debe ser sometido, en forma permanente, a la critica, al análisis y a la discusión. Inevitablemente este tipo de intelectual enfrentara al poder tiránico y al privilegio, y se pondrá al lado de los desposeídos, aunque muchas veces el mismo provenga de una clase mas elevada. El conde León Tolstoi, rico terrateniente además de escritor gigantesco, asumió así su responsabilidad en 1908, frente a la bárbara represión en su país: “Todo lo que se esta haciendo actualmente en Rusia, se hace en nombre del bien general, en nombre de la protección y la tranquilidad del pueblo ruso. Y si esto es así, no hay duda de que entonces también lo hacen por mí, que vivo en Rusia. Por mí, pues, existe esta profunda miseria del pueblo, privado del primero y mas elemental derecho del hombre: el derecho a trabajar la tierra en que ha nacido...; por mi todas estas deportaciones de hombres, de uno en otro lugar...; por mi sufren las madres, esposas y padres de los desterrados, los cautivos y los ahorcados... ¡Pues bien, no me es posible continuar viviendo así!”
Ya en uno de sus poemas había expresado: “La verdad fue hallada hace mucho tiempo / y siempre ha unido a los espíritus nobles. / La vieja verdad: ¡aferrate a ella!”
Otra versión del intelectual, que también reconoce respetables antecedentes –basta pensar en Abelardo, Montaigne, Swift, Voltaire, Diderot-, reivindica, en cambio, una función de fermento e impugnación. No hay tal vieja verdad que deba ser custodiada al abrigo de la avidez plebeya, sino un mundo problemático e injusto que debe ser sometido, en forma permanente, a la critica, al análisis y a la discusión. Inevitablemente este tipo de intelectual enfrentara al poder tiránico y al privilegio, y se pondrá al lado de los desposeídos, aunque muchas veces el mismo provenga de una clase mas elevada. El conde León Tolstoi, rico terrateniente además de escritor gigantesco, asumió así su responsabilidad en 1908, frente a la bárbara represión en su país: “Todo lo que se esta haciendo actualmente en Rusia, se hace en nombre del bien general, en nombre de la protección y la tranquilidad del pueblo ruso. Y si esto es así, no hay duda de que entonces también lo hacen por mí, que vivo en Rusia. Por mí, pues, existe esta profunda miseria del pueblo, privado del primero y mas elemental derecho del hombre: el derecho a trabajar la tierra en que ha nacido...; por mi todas estas deportaciones de hombres, de uno en otro lugar...; por mi sufren las madres, esposas y padres de los desterrados, los cautivos y los ahorcados... ¡Pues bien, no me es posible continuar viviendo así!”
Ambrose Bierce- El Club de los Parricidas- Una Noche de Verano
El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no le parecía una prueba de su muerte; siempre había sido un hombre difícil de convencer. Pero el testimonio de sus sentidos lo obligaba a reconocer que estaba realmente enterrado. Su postura –estirado de espaldas, con las manos cruzadas sobre el estomago y atadas con algo que rompió fácilmente, aunque sin alterar la situación en forma provechosa-, el estricto confinamiento de toda su persona, la oscuridad y el profundo silencio, constituían un conjunto de evidencias imposible de controvertir y el lo aceptaba sin vacilar.
Pero no estaba muerto, no; solo muy, muy enfermo. Sentía, además, la apatía del invalido y no le preocupaba mucho el inusitado destino que le había tocado. No era un filósofo, solo una persona común y corriente dotada, por el momento, de una indiferencia patológica; su órgano de temer consecuencias estaba aletargado. De modo que sin particular aprensión por un futuro inmediato, se quedo dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo ocurría mas arriba. Era una oscura noche de verano rasgada por algunos relámpagos que hacia el oeste encendían silenciosamente una nube baja, presagio de tormenta. Esas breves y sorprendentes iluminaciones destacaban con horrible nitidez los monumentos y las lapidas del cementerio y parecían ponerlos a bailar. Una noche así, no era probable que algún testigo digno de crédito estuviese paseando por el cementerio, de modo que los tres hombres que cavaban en la tumba de Henry Armstrong se sentían razonablemente seguros.
Pero no estaba muerto, no; solo muy, muy enfermo. Sentía, además, la apatía del invalido y no le preocupaba mucho el inusitado destino que le había tocado. No era un filósofo, solo una persona común y corriente dotada, por el momento, de una indiferencia patológica; su órgano de temer consecuencias estaba aletargado. De modo que sin particular aprensión por un futuro inmediato, se quedo dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo ocurría mas arriba. Era una oscura noche de verano rasgada por algunos relámpagos que hacia el oeste encendían silenciosamente una nube baja, presagio de tormenta. Esas breves y sorprendentes iluminaciones destacaban con horrible nitidez los monumentos y las lapidas del cementerio y parecían ponerlos a bailar. Una noche así, no era probable que algún testigo digno de crédito estuviese paseando por el cementerio, de modo que los tres hombres que cavaban en la tumba de Henry Armstrong se sentían razonablemente seguros.
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