Textos y Consignas

Los textos que se reproducen a continuacion son extraidos aleatoriamente de las numerosas lecturas de estos años en los que transité la consistencia molecular de palabras y oportunidades.
Las Consignas escriturarias ayudan, desde su eventualidad, a construir el tejido igneo de las palabras a partir de una forma no estructurada de entenderlas.
Asi, forma y contenido, no son referencias de un marco teorico.
Mas sencillamente, Textos y Consignas son un juego ceremonial al que no hay que darle mucha veracidad.
Solo un poco, poquito de ternura y solidaridad...

jueves, 29 de diciembre de 2011

Ezra Pound – El ABC de la lectura

La literatura no existe en el vacío. Los escritores como tales tienen una función social definida, exactamente proporcionada a su habilidad como escritores. Esta es su utilidad principal. Todas las otras utilidades son relativas y temporarias, y solo pueden estimarse en relación a los puntos de vista de un estimador particular.
Los partidarios de ideas especiales estiman a veces a los escritores que están de acuerdo con ellos más que a los que no lo están; pueden valorizar, y valorizan con frecuencia, a malos escritores de su propio partido o religión más que a los buenos escritores de otro partido o iglesia. Pero hay una base susceptible de estimación e independiente de todo lo relacionado con el punto de vista. Los buenos escritores son aquellos que conservan la eficiencia del lenguaje. Es decir, los que lo mantienen preciso, claro. No importa que el buen escritor quiera ser útil, o que el mal escritor quiera hacer daño. El lenguaje es el medio principal de la comunicación humana. Si el sistema nervioso de un animal no transmite sensación y estimulo, el animal se atrofia. Si la literatura de una nación declina, la nación se atrofia y decae.

Irving Welsh – Trainspotting

La mente de Renton estaba haciendo horas extras. Estupro, así lo llaman. Pueden llegar a encerrarte por esto. Ya lo creo que pueden, y luego tiran la llave. Te etiquetan como delincuente sexual; conseguiría que me partieran la cara a diario en Saughton. Delincuente sexual. Violador infantil. Pederasta. Corto de vista. Ya oía en aquel mismo instante a las galerías de psychos, cabrones, se paró a pensar, como Begbie: “Oí que la niña solo tenia seis años” “Me dijeron que fue violación” “Podría haber sido tu cría o la mía” Joder, pensó, temblando. El beicon que se estaba comiendo le daba asco. Había sido vegetariano durante años. No tenía nada que ver con la política o la moral; simplemente odiaba el sabor de la carne. No dijo nada sin embargo, tal era el deseo que tenia de quedar bien con los padres de Dianne. Donde fue inflexible fue con la salchicha, sin embargo, pues estimaba que aquellas cosas estaban llenas de veneno. Pensando en todo el jaco que se había metido, reflexiono burlonamente para si: Tienes que tener cuidado con lo que te metes en el cuerpo. Se preguntó si a Dianne le gustaría, y empezó a reírse disimulada pero incontroladamente, por los nervios, ante su espantoso doble sentido.

H.G. Wels- La Guerra de los Mundos

La llegada de los marcianos- 1 La víspera de la guerra

Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX, que los asuntos humanos fueran vigilados de forma tan atenta y detallada por inteligencias superiores a la del hombre y, sin embargo, tan mortales como la suya; que, mientras los hombres se atareaban en sus intereses, eran escrutados y estudiados quizás casi tan profundamente como un hombre con un microscopio puede analizar las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, los humanos van de un lado a otro por este globo, dedicados a sus pequeños negocios y serenos en la seguridad de su dominio sobre la materia. Es posible que los infusorios, vistos bajo el microscopio, hagan lo mismo. Nadie pensó nunca en los mundos más antiguos del espacio como en una fuente de peligro para el hombre o, en todo caso, para desechar como algo imposible o improbable la idea de la vida en ellos. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados. Como mucho, la gente de la Tierra especulaba sobre el hecho de que pudiera haber otros hombres en Marte, quizá inferiores a ellos y dispuestos a dar la bienvenida a una expedición misionera. Sin embargo, a través del abismo del espacio, unas mentes que en relación con las nuestras son como las nuestras en relación con las de las bestias perecederas, intelectos vastos, fríos e indiferentes, contemplaban esta Tierra con ojos envidiosos y, lentamente pero con seguridad, trazaban sus planes contra nosotros.
Y, a principios del siglo XX, llegó la gran desilusión.


lunes, 22 de agosto de 2011

Hannah Arendt- De la historia a la acción- La brecha entre el pasado y el futuro

Lo primero que hay que notar es que no solo el futuro –la ola del futuro- sino también el pasado es visto como una fuerza y no, como en casi todas nuestras metáforas, como una carga que el hombre tiene que acarrear y de cuyo peso muerto los vivos pueden o incluso deben deshacerse en su marcha hacia el futuro. En palabras de Faulkner “el pasado nunca esta muerto, ni siquiera es pasado”. Además este pasado que se extiende a lo largo de todo el camino de regreso hasta el origen, no tira de nosotros hacia atrás sino que nos presiona hacia adelante y, contrariamente a lo que cabria esperar, es el futuro el que nos retorna al pasado. Desde el punto de vista del hombre, que siempre vive en el intervalo entre el pasado y el futuro, el tiempo no es un “continuum”, un fluir en ininterrumpida sucesión, el tiempo se fractura en el medio, en el punto donde “el” esta; y “su” posición no es el presente tal y como normalmente lo entendemos, sino mas bien una brecha en el tiempo cuya existencia se mantiene gracias a “su” constante luchar, y a “su” resistir contra el pasado y el futuro. Solo porque el hombre esta inserto en el tiempo y solamente en la medida en que se mantiene firme, el fluir indiferente del tiempo se fractura en los tiempos gramaticales; es esta inserción –el comienzo del comienzo, por usar términos agustinianos- la que hace que el “continuum” temporal estalle en fuerzas que entonces, y en la medida en que están focalizadas sobre la partícula o el cuerpo que les indica su dirección, empiezan a luchar entre si y a actuar sobre el modo en que Kafka lo describe.

José Saramago- El hombre duplicado

Por casualidad o intención desconocida, alguien le ha dicho al director del instituto que Tertuliano Máximo Alfonso se encontraba en la sala de profesores, haciendo hora para el almuerzo según todas las apariencias, puesto que su única ocupación desde que entro había consistido en leer los periódicos. No releía ejercicios, no daba los últimos toques a un tema en preparación, no tomaba notas, solo leía los periódicos. Había comenzado sacando de la cartera la factura del alquiler de los treinta y seis videos, la puso abierta sobre la mesa y busco en el primer periódico la pagina de los espectáculos, sección cines. Haría después lo mismo con dos periódicos más. Aunque, como sabemos, su adicción al séptimo arte sea de fecha reciente y su ignorancia acerca de todas las cuestiones relacionadas con la industria de la imagen continúe prácticamente inalterable, sabia, imaginaba o intuía que las películas de estreno no serian lanzadas inmediatamente al mercado del video. Para llegar a esta conclusión no era necesario estar dotado de una portentosa inteligencia deductiva o de fantásticas vías de acceso al conocimiento que prescindiesen del raciocinio, se trata de una simple y obvia aplicación del mas trivial sentido común, sección mercado, subseccion venta y alquiler. Busco los cines de reestreno y, uno a uno, bolígrafo en mano, fue confrontando los títulos de los filmes que se exhibían con los que constaban en la factura, marcando esta con una crucecita cada vez que coincidían. Si a Tertuliano Máximo Alfonso le preguntásemos por que motivo lo estaba haciendo, si era su idea ir a esos cines para ver las películas que ya poseía en video, lo mas seguro seria que nos mirase sorprendido, estupefacto, tal vez ofendido por juzgarlo capaz de una acción tan absurda, aunque no nos daría una explicación aceptable, salvo esa que levanta murallas ante la curiosidad ajena y que en dos palabras se dice, Porque si.

martes, 26 de julio de 2011

Amelia Biagioni- Cazador en trance y otros poemas- La Fugitiva

Donde
en que noche y maleza
estoy corriendo
pelo rojo despavorido
ojos y nuca desbandados
gritando rojamente.
Soy la fugitiva
por que
me persiguen sin tregua
quienes
y huyo desnuda rota
atravieso cruentas palabras
pierdo los ojos
no puedo mas
tropiezo
me derrumbo
pelo gris
grito
gris.

No huiste lo bastante
dice mi espalda
y me levanta.

Y huyo otra vez
manando
pelo rojo aterrado
huella roja
pájaro fijo.
Sabiendo solamente
de profundis
que debo huir
que viene acortando distancia
no
no
no
que se acercan
desde una noche
venidera.



Mario Trejo- Orgasmo y otros poemas- Tentación de describir el acto de escribir

Ocurre que he comenzado a escribir estas palabras
que se detienen de pronto en la letra O, de pobre o
riquísima significación –según se mire-; esto es,
una graciosa elección de la vocal mas risueña del
alfabeto, nada mas que eso, o (mágica reaparición de
la graciosa vocal), por lo contrario, el foco hacia el
cual convergen las otras palabras para alcanzar su
significado pleno y único, aun si la elección que
estoy haciendo en este mismo momento es una entre
muchas o infinitas combinaciones.

Y esa letra O, ese foco, ha terminado por irradiar una
constelación de significaciones, una dentro de la
otra, que no es sino la forma de este acto de escribir,
de esta tentación de describir el acto de escribir,
cuya descripción termino en este instante, así, con la
letra O.

(Describo la forma de este acto de escribir, de esta
tentación de describir el acto de escribir que describe
la forma de este acto de escribir, de esta tentación
de describir el acto de escribir que describe la forma
de...)

Nosotros, entonces, hemos pasado de depender de la
letra O a poder manejarla.

De sentimientos, olores, gestos evadidos al tiempo
en que fueron, hablaremos mas tarde.

Ricardo E. Molinari- Barranca Yaco y otros poemas-Cuando aborrezco a la gente...

Cuando aborrezco a la gente, a los hombres,
cuando me inunda el odio y me empapa la
lengua,
salgo a buscarte por las anchas calles,
para hundirme en tu pecho, como en un
hondo río, y consolarme.
(Pero tu no estas en ninguna parte.)
Seria perfecta la vida si eso sucediera,
si lo que se sueña tuviera realidad
igual al odio, la muerte o el olvido.
Pero no; tu andas en otro mundo
que nada puede compartir con el mío,
que esta lleno de palabras, de un sol hermoso
que se pudre en el campo.

Inútil. Tendrías que entender la soledad,
el agua horrible que me quema las flores
que brotan alrededor de mi cuello,
si estoy alegre. Oír mi voz, oírla,
cuando sale quieta, a buscar la noche,
desprevenida,
deshecha de amor triste, incomprensible,
perdida.

No; no podrías nunca abandonar tu cielo,
el aire saturado de los que sueñan
junto a la gente,
para ver mi mejilla apoyada en la tierra,
desesperando la aurora.

viernes, 15 de julio de 2011

Clarice Lispector- Revelación de un mundo

¿Intelectual? No

Otra cosa que no parecen comprender los otros es cuando dicen que soy una intelectual y yo digo que no lo soy. De nuevo, no se trata de modestia y si de una realidad que ni de lejos me hiere. Ser intelectual es usar sobre todo la inteligencia, lo que no hago: lo que uso es la intuición, el instinto. Ser intelectual es también tener cultura, y yo soy tan mala lectora que, ahora ya sin pudor, digo que no tengo realmente cultura. Ni siquiera leí las obras importantes de la humanidad. Además de leer poco: solo leí mucho, y leía ávidamente lo que me cayera en las manos, entre los trece y los quince años de edad. Después pase a leer esporádicamente, sin orientación de nadie. Esto es para no confesar –y esto lo digo con algo de vergüenza- que durante años solo leía novelas policiales. Hoy en día, a pesar de tener muchas veces pereza para escribir, llego de vez en cuando a tener mas pereza para leer que para escribir. Literata tampoco soy porque no hice del hecho de escribir libros “una profesión” ni “una carrera”. Los escribí recién cuando espontáneamente me surgieron y solo cuando realmente quise.
¿Soy una aficionada?¿Que soy entonces? Soy una persona que tiene un corazón que a veces se da cuenta, soy una persona que quiso poner en palabras un mundo ininteligible y un mundo impalpable. Sobre todo una persona cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal.

John Berger- Aquí nos vemos

El cementerio tenía amplios parterres de hierba y unos árboles muy altos. Un tordo brincaba meticuloso sobre la hierba recién segada. Preguntamos al jardinero, que era bosnio, donde estaba la tumba.
Por fin la encontramos en una esquina alejada. Una sencilla lapida y un rectángulo de gramilla sobre el que había un arbusto plantado en un cesto; era un arbusto frondoso, de hoja pequeña de un verde muy oscuro y con bayas. Debería haber sabido el nombre de la planta, pues Borges amaba la exactitud; cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar. Se paso toda la vida enzarzado en políticas escandalosas o equivocadas, pero nunca se dejo enzarzar en la página.

Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.

La planta, según nos dijo el jardinero bosnio, era un tipo de boj, el buxus sempervivens. Tendría que haberlo reconocido. En los pueblos de la Alta Saboya se humedece en agua bendita una ramita de esta planta para salpicar con ella por última vez el cadáver del ser querido amortajado en la cama. Se convirtió en una planta sagrada debido a la escasez de otra. El domingo de Ramos nunca había suficientes hojas de sauce en la región, y los saboyanos empezaron a sustituirlas por ramas de este tipo de boj.
Había muerto, decía la lapida, el 14 de junio de 1986.
Nos quedamos los dos en silencio. Katya llevaba una mochila colgada al hombro y yo tenia el casco con los guantes dentro, entre las manos. Nos agachamos delante de la lapida.
Tenia tallado un bajorrelieve que representaba a unos hombres en lo que parecía una especie de embarcación medieval. ¿O estaban en tierra y era su disciplina militar lo que los hacia estar tan pegados, tan incondicionalmente juntos? Parecían figuras antiguas. Al otro lado de la lapida había mas guerreros, estos con unos remos o unas lanzas en la mano, confiados, preparados para cruzar el terreno o el agua que hubiera que cruzar.
Cuando Borges vino a morir a Ginebra, le acompañaba Maria Kodama. Había sido alumna suya en los años sesenta en sus cursos de anglosajón y literatura escandinava. Borges la doblaba en edad. Cuando se casaron, ocho semanas antes de que el falleciera, se mudaron del hotel en el que estaban, en una de las calles-archivo llamada Rue de la Tour-Maitresse, a un piso que ella había buscado.
De usted, escribió el en una dedicatoria, es este libro, Maria Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que esta sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las laminas?
Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro.

James Joyce- Retrato del artista adolescente

El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Sthepen miraba el sombrío cuadrado de la ventana, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!, esta era la voz del vientre.
Seria una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, mas cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aun del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y el pasaría tranquilamente por entre ellas esperando solo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y, sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos, embrutecidos solo por el deseo, tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un circulo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos...

miércoles, 22 de junio de 2011

Cesar Aira- Las Conversaciones

La culpa era mía. Yo me lo había buscado, al lanzarme a una larga perorata de sutilezas y filosofías, en lugar de limitarme a lo básico, y dejar ver. Lo había hecho por infatuación intelectual, por el gusto de oírme hablar; era inevitable que terminara complicando lo simple y oscureciendo lo claro. Si ahora se demostraba, como parecía inminente, que lo obvio quedaba sin ver, yo quedaba colgado de un abismo, con todo mi palabrerio a cuestas. En el fondo daba lo mismo que la explicación hubiera sido larga o corta, salvo que con la larga yo había creado una expectativa mayor y me exponía a una decepción mas grave; si el no comprendía la diferencia entre el actor y el personaje de una película, era un imbecil. Y si lo era, yo no tenia mas remedio que perderle el respeto intelectual, y, mucho peor, nuestras conversaciones se extinguían en lo que tenia de bueno y gratificante para mi. No solo las perdía a futuro, pues necesariamente se me iban a ir las ganas de plantear temas interesantes o compartir reflexiones inteligentes con un necio de semejante calibre, sino que perdía retrospectivamente las conversaciones que habíamos tenido a lo largo de los años, y que constituían una parte tan central de mi vida. La revelación devaluaba el pasado, volvía ficticia toda su riqueza, y abría un agujero imposible de llenar. ¿Como llenar desde el presente un agujero del pasado?

Luís Gregorich- Literatura y Homosexualidad- Sartre y el papel del intelectual

¿Que es un intelectual? Para algunos, su función es eminentemente conservadora y aristocrática. Conserva, a lo largo del tiempo, la continuidad de una tradición y un legado espiritual que de otro modo corren el riesgo de perderse; y lo hace desde el seno de una selectisima minoría, para quien el vulgo no cuenta. No son los clérigos medievales los que encarnan esta concepción; también lo hace Goethe, genio universal y a la vez detestable cortesano, ya en pleno siglo XIX y en el pórtico de la Revolución Industrial, al decir pocos meses antes de su muerte: “Tal como va hoy el mundo, uno tiene que decirse siempre y repetirse sin cesar: ha habido y habrá hombres excelentes, y a esto hay que dirigirles una buena palabra, decirla y dejarla escrita sobre papel. Esta es la Comunión de los Santos que nosotros profesamos”
Ya en uno de sus poemas había expresado: “La verdad fue hallada hace mucho tiempo / y siempre ha unido a los espíritus nobles. / La vieja verdad: ¡aferrate a ella!”
Otra versión del intelectual, que también reconoce respetables antecedentes –basta pensar en Abelardo, Montaigne, Swift, Voltaire, Diderot-, reivindica, en cambio, una función de fermento e impugnación. No hay tal vieja verdad que deba ser custodiada al abrigo de la avidez plebeya, sino un mundo problemático e injusto que debe ser sometido, en forma permanente, a la critica, al análisis y a la discusión. Inevitablemente este tipo de intelectual enfrentara al poder tiránico y al privilegio, y se pondrá al lado de los desposeídos, aunque muchas veces el mismo provenga de una clase mas elevada. El conde León Tolstoi, rico terrateniente además de escritor gigantesco, asumió así su responsabilidad en 1908, frente a la bárbara represión en su país: “Todo lo que se esta haciendo actualmente en Rusia, se hace en nombre del bien general, en nombre de la protección y la tranquilidad del pueblo ruso. Y si esto es así, no hay duda de que entonces también lo hacen por mí, que vivo en Rusia. Por mí, pues, existe esta profunda miseria del pueblo, privado del primero y mas elemental derecho del hombre: el derecho a trabajar la tierra en que ha nacido...; por mi todas estas deportaciones de hombres, de uno en otro lugar...; por mi sufren las madres, esposas y padres de los desterrados, los cautivos y los ahorcados... ¡Pues bien, no me es posible continuar viviendo así!”

Ambrose Bierce- El Club de los Parricidas- Una Noche de Verano

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no le parecía una prueba de su muerte; siempre había sido un hombre difícil de convencer. Pero el testimonio de sus sentidos lo obligaba a reconocer que estaba realmente enterrado. Su postura –estirado de espaldas, con las manos cruzadas sobre el estomago y atadas con algo que rompió fácilmente, aunque sin alterar la situación en forma provechosa-, el estricto confinamiento de toda su persona, la oscuridad y el profundo silencio, constituían un conjunto de evidencias imposible de controvertir y el lo aceptaba sin vacilar.
Pero no estaba muerto, no; solo muy, muy enfermo. Sentía, además, la apatía del invalido y no le preocupaba mucho el inusitado destino que le había tocado. No era un filósofo, solo una persona común y corriente dotada, por el momento, de una indiferencia patológica; su órgano de temer consecuencias estaba aletargado. De modo que sin particular aprensión por un futuro inmediato, se quedo dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo ocurría mas arriba. Era una oscura noche de verano rasgada por algunos relámpagos que hacia el oeste encendían silenciosamente una nube baja, presagio de tormenta. Esas breves y sorprendentes iluminaciones destacaban con horrible nitidez los monumentos y las lapidas del cementerio y parecían ponerlos a bailar. Una noche así, no era probable que algún testigo digno de crédito estuviese paseando por el cementerio, de modo que los tres hombres que cavaban en la tumba de Henry Armstrong se sentían razonablemente seguros.

martes, 24 de mayo de 2011

Isaac E. Babel- El Despertar

Toda la gente de nuestros medios –viajantes de comercio, tenderos, empleados de banca y de oficinas navieras- hacia aprender música a sus hijos. Mis padres, al no ver la posibilidad de prosperar, recurrieron a esta lotería, la cual descansaba en las espaldas de los pequeños. Odessa se hallaba arrastrada por esa locura más que otras ciudades. Y lo cierto es que durante varios decenios surtió de niños prodigio las salas de concierto del mundo. De Odessa salieron Misha Elman, Cimbalist y Gabrilovich, entre nosotros dio sus primeros pasos Yasha Jeifets.
Cuando un chico cumplía cuatro o cinco años, la madre llevaba a aquel ser minúsculo y enclenque al señor Zagurski. Este tenía una fábrica de niños prodigio, una fabrica de enanos judíos con cuellos de encaje y zapatos de charol. Hacia por encontrarlos en los tugurios moldavos y en los hediondos patios del Mercado Viejo. Zagurski les daba las primeras lecciones y luego los niños eran enviados a Petersburgo, al profesor Auer. En las almas de estas criaturas desmedradas, de abultadas cabezas, vivía una poderosa armonía. Mas tarde se convertían en afamados virtuosos. Y mi padre decidió que yo debía ser uno de ellos. Aunque por mi edad ya no podía ser un niño prodigio –había cumplido trece años- por mi estatura y mi débil complexión podía pasar por uno de ocho. En ello cifraba toda su esperanza.

JD Salinger- Boca bonita y verdes mis ojos

Cuando sonó el teléfono, el hombre canoso le pregunto a la muchacha, con cierta deferencia, si por alguna razón quería que no atendiera. La muchacha le escucho como desde muy lejos y dio vuelta su cara hacia el, un ojo –el cercano a la luz- bien cerrado, el otro, muy abierto, aunque cínico, grande y tan azul que parecía casi violeta. El hombre canoso le pidió que se apurara, y ella se incorporo, apoyándose sobre su antebrazo derecho, con la rapidez necesaria para que el movimiento no pareciese despreocupado.
Se quito el pelo de la frente con la mano izquierda y dijo: “Por Dios. No se. Quiero decir ¿que te parece?” El hombre canoso dijo que no veía la maldita diferencia entre una cosa y otra, y deslizo la mano izquierda debajo del brazo en el que se apoyaba la muchacha, moviendo los dedos desde el codo hacia arriba hasta alcanzar la calida superficie de unión con el torso. Busco el teléfono con su mano derecha. Para no alcanzar a ciegas, tuvo que incorporarse un poco más, lo que provoco que atropellara la pantalla del velador con la parte posterior de la cabeza. En ese instante la luz favoreció su cabello gris, casi blanco, aclarándolo vivamente. Aunque desordenado en ese momento, evidenciaba un corte reciente o, más bien, un cuidado perfecto. Convencionalmente corto en la nuca y las sienes, pero un poco mas largo en los costados y arriba, con el toque justo, en efecto, para otorgarle un frívolo “aspecto distinguido”.

Rodolfo Walsh- Un oscuro día de justicia

Cuando llego ese oscuro día de justicia, el pueblo entero despertó sin ser llamado. Los ciento treinta pupilos del Colegio se lavaron las caras, vistieron los trajes azules del domingo y formaron filas con la rapidez y el orden de una maniobra militar que fuera al mismo tiempo una jubilosa ceremonia: porque nada debía interponerse entre ellos y la ruina del celador Gielty.
En la penumbra de la capilla olorosa a cedro y a recién prendidos cirios, el celador Gielty seguía rezando de rodillas como rezo toda la noche. Escurridizo, Dios afluía y escapaba de sus manos, acariciándolo igual que a un chico enfermo, maldiciéndolo como un réprobo o deslizando en su cabeza esa idea intolerable, que no era a El a quien rezaba, sino a si mismo y su flaqueza y su locura.
Porque si bien los signos no fueron evidentes para todos, el celador Gielty venia enloqueciendo en los últimos tiempos. Su cerebro fulguraba noche y día como un soplete, pero lo que hizo de el un loco no fue el resultado de esa actividad sino el hecho de que iba consumiéndose en fogonazos de visión, como un ciego trozo de metal sujeto a una corriente todopoderosa y llameando hasta la blancura mientras buscaba su extinción y su paz.
Y ahora rezaba sintiendo venir a Malcolm como lo había sentido venir a través de la bruma de los días de las semanas, y tal vez de los meses de los años, viniendo y aumentando para conocer y castigar: el hombre cuya cara se multiplicaba en los sueños y los presentimientos diurnos, en las formas de las nubes o el reflejo del agua. Astuto y seguro venia, labios tachados por un dedo, sin quebrar un palito del tiempo.

lunes, 25 de abril de 2011

Antonio Di Benedetto- Zama

Alguien me dijo:
- ¿Quieres vivir?
Alguien me preguntaba si deseaba vivir.
Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. Era, también, que me había llegado el indio.
Podía, pues, no morir. No morir aun.
Me desgarro la ropa.
Después sentí la prisión del torniquete en los brazos y supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre.
Tal vez dormite, tal vez no.
Volvía de la nada.
Quise reconstruir el mundo.
Despegue los parpados tan pausadamente como si elaborara el alba.
El me contemplaba.
No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años.
Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre:
- No has crecido...
A su vez, con irreductible tristeza, el me dijo:
- Tu tampoco.

Samuel Beckett- Malone Muere

Bien pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El mes que viene, quizás. Será entonces abril o mayo. Porque el año apenas comienza, mil pequeños indicios me lo dicen. Quizás me equivoque y deje atrás San Juan, y hasta el 14 de julio, fiesta de la libertad. Que digo, tal como me conozco, soy capaz de llegar a la Transfiguración o a la Asunción. Pero no creo, no creo equivocarme al decir que tales festejos, este año, se llevaran a cabo sin mí. Tengo ese sentimiento, lo tengo desde hace algunos días, y confío en el. Pero, ¿en que difiere de aquellos que me alucinan desde que existo? No, esta clase de preguntas no me inquieta. Lo pintoresco no es para mí una necesidad. Moriría hoy mismo, si quisiera, con solo esforzarme un poco, si pudiera querer, si pudiera esforzarme. Pero es preferible dejarme morir, sin violentar las cosas. Algo ha de haber cambiado en ellas. No quiero ya pesar en la balanza, ni de un lado ni de otro. Seré neutro e inerte. Me será fácil. Solo importa cuidarme de los sobresaltos. Por lo demás, me sobresalto menos desde que estoy aquí. Sin duda, aun tengo de cuando en cuando movimientos de impaciencia. De ellos debo defenderme ahora, durante dos o tres semanas. Sin exagerar nada, desde luego, llorando y riendo tranquilamente, sin exaltarme. Si, por fin voy a ser natural. Al principio sufriré más; después menos, sin sacar por ello conclusiones. Me escuchare menos, no seré ya ni frío ni caliente, seré tibio, moriré tibio, sin entusiasmo. No me contemplare morir; eso falsearía todo. ¿Me he contemplado vivir, acaso? ¿Alguna vez, acaso, me he quejado? Entonces, ¿por que alegrarme ahora? Estoy contento, a la fuerza, pero no hasta el extremo de aplaudir. Siempre estuve contento, sabiendo que seria reembolsado. Y aquí esta, ahora, mi viejo deudor. ¿Es una razón, tal vez, para recibirlo con algaraza? Ya no responderé a las preguntas. Tratare también de no formulármelas. Podrán enterrarme. No me verán ya en la superficie. De aquí a entonces voy a contar mis cuentos, si puedo. No serán los mismos cuentos de antes, eso es todo.

Augusto Roa Bastos- Hijo de Hombre

Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte. Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo. Brotaba en cualquier parte, de alguna esquina, de algún corredor en sombras. A veces se recostaba contra un mojinete hasta no ser sino una mancha mas sobre la agrietada pared de adobe. El candelazo de la resolana lo despegaba de nuevo. Echaba a andar tanteando el camino con su bastón de tacuara, los ojos muertos, parchados por las telitas de las cataratas, los andrajos de ao-poi sobre el ya visible esqueleto, no más alto que un chico.
- ¡Gua, Macario!
Dejábamos dormir los trompos de arasa junto al hoyo y lo mirábamos pasar como si ese viejecito achicharrado, hijo de uno de los esclavos del dictador Francia, surgiera ante nosotros, cada vez, como una aparición del pasado.
Algunos lo seguían procurando alborotarlo. Pero el avanzaba lentamente sin oírlos, moviéndose sobre aquellas delgadas patas de benteveo.
- ¡Gua, Macario Pitogue!
Los mellizos Goiburu corrían tras el tirándole puñados de tierra que apagaban un instante la diminuta figura.
- ¡Bicho feo... feo... feo!
- ¡Karai tuya coli... guilili!...
Los chillidos y las burlas no lo tocaban. Tembleque y terroso se perdía entre los reverberos, a la sombra de los paraísos y las ovenias que bordeaban la acera.